Vivía en Lince, se mudó a un arenal. Tenía una carrera, la ha dejado para integrarse a una comunidad. A través de juegos y juguetes tradicionales ella está preservando parte de nuestra memoria. Da trabajo a madres de Villa El Salvador y harta felicidad a niños de toda la ciudad.
Como veterinaria, Julia trabajó en consultorios citadinos (y se sintió enclaustrada). Lo suyo es el campo, no en vano correteó por él hasta los 12 años. Partió al Valle del Mantaro y fue feliz ejerciendo su oficio en diferentes establos. Desde siempre le gustó coleccionar juguetes, allá supo de muñecas talladas, de pueblos que las hacían con pancas de choclo y que, ‘gracias’ a la modernidad, las han dejado de hacer. Julia sintió que tenía que entrar en acción y, como jugando, fue dejando atrás su mandil.
Amankay, así se llama el taller que creó y que desde el 2004 ofrece juegos y juguetes tradicionales en la bioferia del parque Reducto de Miraflores. Julia está rescatando un patrimonio, pues muchos de ellos nacieron en la época prehispánica. Sí, esta mujer está haciendo Perú.
¿Cómo una veterinaria terminó convirtiéndose en promotora del uso de juguetes tradicionales?
Mi carrera ha estado ligada siempre a la parte productiva-educativa y se ha venido desarrollado en diferentes lugares, como acá, en Villa El Salvador, donde he trabajado en proyectos grandes dedicados a los niños.
Pero estudió para trabajar con animales, ¿cómo así llegaron los juguetes?
Mi trabajo tenía que ver con un proyecto de desarrollo dedicado a los niños. Por ejemplo: la producción de huevos, capacitando a la gente en el desarrollo de sus granjas para que alimenten mejor a sus hijos; de ahí trabajé en una escuela rural en Huarmey (Áncash), donde había módulos de ganadería lechera, también de aves, cuyes…
Fue su vínculo con los niños el que la llevó a ese tema.
Claro, porque al insertarte en un trabajo tú no solo ves el tema técnico, también te insertas en su cultura, en sus vivencias; porque realizas tu trabajo no imponiendo, sino partiendo de sus necesidades. Así fuimos desarrollando la parte lúdica de los niños, a través de cuentos y juegos tradicionales. Además, desde antes yo ya tenía una afición por ese tipo de juegos: con un grupo de amigos habíamos armado colecciones de juguetes que expusimos en museos, en la Biblioteca Nacional…
¿Cómo nació esa afición?
Por la referencia de personas que los producían en distintos sitios. Yo, desde muy atrás, siempre he hecho cosas de arte, entonces me fue fácil conectarme con la experiencia de esas personas. En un inicio fue una afición, pero en el devenir del trabajo se fue sistematizando y convirtiendo en una cuestión de investigación, de recuperación del conocimiento de las zonas rurales.
Comenzó a trabajar en zonas rurales desde que estaba en la universidad, ¿por qué eligió Villa El Salvador?
Yo vivía en Lince y vine a trabajar por años a las empresas comunales de Villa El Salvador. Se tenía que trabajar con la comunidad y la comunidad tenía su organización. Por lo tanto, tenías que estar entrelazada con ella.
Conoció a María Elena Moyano.
A ella, a todos los dirigentes que planificaban el desarrollo de su ciudad. Este lugar (su casa-taller), por ejemplo, es producto de una invasión planificada en la que participamos como comunidad. Como yo me desplazaba hasta acá y me era muy difícil, me plantearon tener acá un espacio, y me vine.
Debió ser un choque pasar de Lince a esta zona.
Fue algo natural. Mi trabajo se estaba integrando a la cultura de acá: a su cultura, a su desarrollo, a su necesidad de crecer.
No extrañaba el asfalto, la ciudad.
Al contrario, fue muy rica la experiencia de trabajar por el desarrollo de esta comunidad.
¿En qué momento dejó la veterinaria para dedicarse a esto?
Mi trabajo fuerte fue en la escuela rural de Huarmey. Su problema más urgente era la degradación del ambiente, la pérdida de su cultura, y sentí que el hecho de ser una técnica que insemina vacas había cumplido su ciclo, que había cosas más importantes que había que seguir desarrollando.
¿No sintió que estaba dejando su carrera para dedicarse a algo incierto?
Esa fue la preocupación de mis amigos, de mi familia, no la mía. Yo me sentía integrada a mi trabajo, pues para entonces ya había investigado los juegos de los niños; y también había crecido mi propuesta (ya en Villa El Salvador). Aquí hemos hecho permanentemente talleres con los niños, por generaciones. Ellos además tienen sus juegos naturales que han desarrollado acá, y es rico ir conservando toda esa organización. Así esta zona de Villa El Salvador se convirtió en una suerte de isla.
En una isla.
Claro, porque los chicos hoy más bien viven pegados a juguetes electrónicos. Se están dando muchos cambios: los juegos tecnológicos están borrando los juegos tradicionales o los juegos naturales de los niños, que tienen una gran importancia porque se desarrollan en el medio ambiente. No estoy en contra de los juegos electrónicos, pero esta es una alternativa más.
Como veterinaria tenía un sueldo, ¿cómo ha hecho para sobrevivir desde que se dedica a esto?
Mis investigaciones las he financiado en parte con mi carrera. Además, yo siento que esta etapa austera tiene un futuro: porque uno está haciendo algo importante y, la experiencia en la bioferia (de Miraflores) me permite saber que esto va a crecer porque ahí hay un público que valora este trabajo.
Ese es un punto clave, porque usted se ha focalizado en un rubro que aparentemente no tendría público, pues ahora los niños buscan otros juguetes. Su alternativa pudo haber quedado en nada.
En nada, no. Hay que darle una perspectiva a lo que uno hace, hay que darle un valor; y el valor está en que hay un público que sí se sensibiliza por este trabajo, eso nos permite ver que esto está creciendo, que esto es importante.
Desde su stand en la bioferia está demostrando que sus juguetes son para todos los niños.
Los niños quieren jugar, y nosotros hacemos que jueguen. Los niños pueden interactuar con nuestros juguetes, no hay ninguna presión de compra, la idea es que les guste. Buscamos que sensibilizar a los niños, a los padres, a los maestros, porque estos juegos les van a servir para su desarrollo integral.
Y no solo a ellos, pues gracias a que ha crecido la demanda ahora le está dando trabajo a humildes madres de esta zona.
A medida que esto fue creciendo, quedó claro que tenía que contar con una parte productiva que lo respalde, y aquí hay una tradición, hay señoras con mucho arte corriendo por sus venas, con una creatividad muy grande, y fue fácil conectar con ellas. Al principio ellas no creían en este trabajo, pero en el proceso se fueron integrando.
Fue como jugando.
Claro, porque ellas también juegan con sus nietos; y cuentan experiencias muy bonitas, porque este trabajo las relaja.
¿Nunca se ha cuestionado el haber dejado su carrera por esto?
La he dejado en el aspecto técnico: ya no estoy detrás de una vaca o de unos cerdos, pero en lo que ahora hago hay una relación estrecha con la naturaleza. Quizás no se nota mucho en las ciudades, pero sí en el campo: nosotros estamos preservando la cultura, porque muchos juegos son prehispánicos y están relacionados con el entorno, y nuestro entorno es la naturaleza.
Usted nos está enseñando a revalorar juegos que se practicaban en el Perú prehispánico.
Así es. Algunos sobreviven, otros están en extinción debido a los cambios que se dan en la sociedad.
De ellos no dan cuenta los libros escolares.
Nosotros estamos haciendo un registro de los juegos tradicionales desde la época prehispánica, como el zorro y la oveja, tres en raya, los juegos con frijoles… Son juegos de estrategia. Estamos haciendo todo un rescate de la memoria de nuestra cultura.
Esa es una tarea que le toca al Estado, ¿por qué la hace usted?
Los ministerios nos han convocado, la UNESCO también, tiene proyectos grandes, pero, no sé, son proyectos que se quedan por ahí… Yo lo hago porque he encontrado un mundo: un mundo que me identifica a mí -como persona-, porque yo he vivido y jugado en el campo. Lo hago por el valor que tiene, sobre todo, y porque no está hecho.
¿Cuál es el futuro de Amankay?
Crecer productivamente, que acá todo el barrio produzca juguetes para un mercado cada vez mayor.
Usted no es millonaria.
No (ríe)… y no me importa, porque yo sé vivir en austeridad, en cualquier espacio.
Su empresa es ofrecerle una alternativa lúdica no solo a los niños, sino a todos los peruanos.
Mi mayor satisfacción es que se preserven los juegos peruanos, porque tienen un gran valor. Esto me da satisfacciones, más que económicas me las da al alma. Pero, para poder seguir desarrollando esto tenemos que crecer.
FICHA
Nombre: Julia Betty Segura Cárdenas.
Colegio: Santa Rosa de Abancay, en su natal Apurímac.
Estudios: Médico veterinaria de la UNMSM.
Edad: “¿La tengo que decir?”.
Cargo: Promotora del Taller Amankay.
Amankay
Taller dedicado a la recuperación de los juegos y juguetes tradicionales. Julia lo inició el 90, con ella trabajan cuatro madres de Villa El Salvador.
En proceso
Sus ingresos aún son reducidos, pero la demanda ha crecido desde que el 2004 abrió un stand en la bioferia del parque Reducto de Miraflores. Da talleres a maestros, niños y ONG.
Fuente: El Comercio – Blog Ejecutivas